Friday, 16 October 2009

¿Ha terminado la guerra en Irlanda?


En 2000 pasé cuatro meses en la Universidad del País Vasco en Bilbao, como parte de un intercambio Erasmus, para trabajar en mi tesis doctoral. Durante mi estancia este artículo sobre la situación política en Irlanda se publicó en Elkarri, la revista del movimiento social por el diálogo y el acuerdo. Estoy agradecido a mi amigo Gorka Espiau por publicarlo y traducirlo. Una versión muy parecida se publicó con Karen McCartney en el periódico cubano Granma el mismo año.


Tan sólo hace unas semanas todo parecía condenado al fracaso, el Gobierno británico anunció la paralización de la Asamblea de Stormont así como sus instituciones paralelas, cediendo ante las presiones unionistas y corriendo el riesgo de destruir el consenso alcanzando a través del Acuerdo de Viernes Santo. Como resultado de esta situación, durante tres meses la previsión para el verano ha sido la demasiado familiar y potencialmente violenta de las marchas orangistas.

Casi todos los analistas, incluyendo muchos políticos, transmitían apenas unos días antes de los comunicaciones de los Gobiernos británicos e irlandés, y del propio IRA, que cualquier restauración del diálogo multipartito debería esperar hasta el otoño con el objetivo de ganar tiempo y margen de maniobra.

Aunque pocos lo admitían públicamente, los hechos parecían indicar que los cimientos del proceso habían finalmente cedido sin posibilidad de reconstrucción. La pregunta más urgente era cómo y hacia dónde se podía caminar a partir de ese momento.

Sin embargo, en tan sólo dos días el escenario cambió radicalmente y los gobiernos, después de intensas negociaciones bilaterales y multilaterales con los partidos políticos, aparecieron en escena con una formula que posibilitaba la restauración del Acuerdo de Viernes Santo. Posteriormente, el 27 de mayo la dirección del Partido Unionista respaldó a su líder, David Trimble, en la decisión de retomar su participación en el Gobierno de Stormont.

A pesar de estos avances, persisten dificultades profundas, ya que el Informe Patten sobre la más que necesaria nueva policía que reemplace a la desacreditada RUC y el conflicto anual de Drumcree/Garvaghy Road siguen sin ser resueltos. Es más, parece ser que la tensión ha aumentado debido a este impasse de los últimos meses, y las posibilidades de que haya enfrentamientos y brotes de violencia son muy altas.

Desde el punto de vista de la prensa internacional, el único e inesperado acontecimiento novedoso ha sido la declaración del IRA anunciado la inutilización de sus armas y el hecho de que permita un control independiente de este proceso. Aceptar una revisión periódica del conjunto del arsenal es realmente una declaración histórica, pero matizable en su interpretación. La declaración del IRA dice esencialmente que en caso de que las instituciones sean restauradas y que por consiguiente se retome el proceso, colaborará con el mismo permitiendo una revisión periódica de la armas con el objetivo de garantizar el silencio de las mismas. Pero no está claro que las inspecciones puedan probarlo realmente, debido a las características e importancia del arsenal del IRA, sin mencionar la facilidad de acceso al mercado de las armas en la actualidad.

Lo que resulta verdaderamente significativo e histórico es que la declaración sugiera a los unionistas con absoluta claridad la intención del IRA de continuar por la senda de la no-violencia. Típico del proceso de paz irlandés, el lenguaje y su interpretación son políticamente más importantes que su realidad aparente. La gestión política de una organización armada pocas veces ha sido astuta.

A pesar de que los mensajes de la comunidad unionista repetían constantemente que el verdadero obstáculo para que avanzase el proceso era el decomiso de la armas, un argumento repetido y reforzado sin cesar por los medios de comunicación; todo el mundo sabía que éste nunca se produciría en términos literales. Esta formulación representa la rendición y la derrota de aquellos que se identifican con la causa republicana, al mismo tiempo que podría dar lugar a situaciones de nueva violencia en el interior de la comunidad nacionalista.

Desde el primer día, para muchos el verdadero problema ha sido la resistencia el unionismo a modificar su histórica posición de poder y dominación sobre los nacionalistas en el norte de Irlanda. Desde esta perspectiva, el asunto de decomiso habría sido explotado continuamente como un excusa para detener lo inevitable: la perdida de esta vieja situación de hegemonía. Para avanzar, por lo tanto, era necesario reconocer y transformar la insostenibilidad de esta fórmula de relación social.

El Acuerdo de Viernes Santo, con un complejo sistema de reparto de poder institucional, no es otra cosa que un intento por crear una sociedad más justa e igualitaria. La discriminación política, económica y cultural sobre las nacionalistas debería pasar a ser un triste recuerdo del pasado. Es por este motivo por el que desde febrero a partir del anuncio de suspensión de estas instituciones, el Sinn Féin, a pesar de sus evidentes reticencias a determinados aspectos, lo ha defendido de forma más firme que ninguna otra formación.

El propio proceso no ha sido otra cosa que convencer a estos de la necesidad de avanzar a pesar de las profundas actitudes defensivas y en muchos casos contrarios al mismo.

En lo que respecta al Sinn Féin, este partido cambió su estrategia política hace muchos años cuando su propia dirección concluyó que la única forma de avanzar, aunque llevase generaciones, era a través de la vías políticas y no-violentas. Sinn Féin está convencido desde hace mucho tiempo que es posible alcanzar el objetivo de una Irlanda unida y libre de la soberanía británica a través de un proceso político incluyente. De la misma forma que cree también que el Acuerdo de Viernes Santo proporciona un punto de partida para este camino.

Significativamente, este partido ha conseguido mantener la confianza, no sólo de su propia base diversa y plural, con la dificultad que esto supone, sino que ha se ha ganado el respeto de sus adversarios británicos a través de la práctica política diaria. Queda lejos ya el tiempo en el que los funcionarios británicos e irlandeses veían a la dirección republicana como terroristas patológicos, a pesar de que todavía persisten este tipo de análisis en determinados medios de comunicación. El tiempo ha hecho incluso que los gobiernos británico e irlandés reconozcan públicamente la capacidad negociadora y el talento de la dirección del Sinn Féin. Transparencia y una minuciosa estrategia política han sido las principales características de la propuesta republicana.

A partir de este reconocimiento, un asunto que ha llevado mucho tiempo para poder ser integrado por las diferentes sensibilidades, pero claramente superado, ha sido la transformación de la vertiente militar del conflicto. La dirección del Sinn Féin llegó a la conclusión también hace mucho tiempo que la "guerra" en estos términos había acabado, aunque muchos de sus simpatizantes hayan sido más escépticos. El Gobierno británico, finalmente, también asumió este tesis, siendo el unionismo, una vez más, el último en aceptarla. Parece claro, de cualquier manera, que algunas personalidades del Partido Unionista del Ulster, e incluso de la propia sociedad civil (iglesias, protestantes, empresarios, movimientos sociales, etc.) participan de esta forma de abordar la cuestión. Su reto consiste no sólo en persuadir a otros, sino intentar articular un nuevo discurso para el unionismo de cara al nuevo escenario social y político que se abre paso en la isla.

El sur de Irlanda y el Reino Unido están cambiando en multitud de aspectos. Este último ya no está siguiera "unido" de la misma forma que antaño, y su formulación de "reino" nunca había sido tampoco tan cuestionada. Las nuevas formas de autogobierno introducidas en Escocia, Gales, e Inglaterra facilitan la dispersión geográfica, política y económica, a pesar de su rígido sistema social. Esta fragmentación de la identidad nacional británica crea multitud de problemas y retos para el unionismo, ya que la vieja Gran Bretaña muchas veces anhelada, no existe como tal en la actualidad. Las supuestas alianzas tejidas a lo largo de los años, se han desvanecido rápidamente frente a los ojos de esta comunidad.

En la República de Irlanda, por su parte, el gran éxito económico de la pasada década ha transformado el país profundamente. Y esto ha sido así a pesar de que los beneficios empresariales hayan ido a para a manos de pocos, y cuando esta bonanza económica ha supuesto también la proliferación de caos de corrupción política y financiera. Junto a esto, el otro factor adicional de importancia ha sido la estrecha relación de Irlanda con la Unión Europea, que ha derivado, a su vez, en una mucho más positiva relación política con Gran Bretaña. Por todo ello: la mejora económica, la participación en la UE, la normalidad de relaciones, puede concluirse que Irlanda se relaciona hoy en día con sus vecinos desde una posición de mucha mayor confianza.

En este contexto, choca con estos rápidos cambios políticos, económicos y culturales, la supuesto intención del Gobierno británico de plantear su retirada definitiva del norte de Irlanda a largo plazo. Durante, al menos la ruptura del primer alto de fuego, el principal objetivo del Gobierno británico ha sido mantener la presencia del Sinn Féin en la mesa de negociación, a pesar de las repercusiones en el unionismo. Este ha supuesto un cambio estratégico de proporciones históricas, y es consecuencia directa de la histórica demanda de un diálogo multipartito y sin exclusiones por parte del Sinn Féin.

La capacidad de veto unionista, tratando de impedir posibilidades de cambio, es aplicada en algunas ocasiones cuando el Gobierno británico cede a las presiones de su propio entorno. Se trata de un grupo heterogéneo pero con ramificaciones políticas y militares. Por un lado se encuentran sectores de Parlamento de Westminster, y por otro, los todavía poderosamente influyentes conocidos como "securócratas" (miembros del ejército, y de los servicios secretos MI5 y MI6) que todavía creen en una derrota militar sobre el IRA. Ambos compiten por el control de la política respecto de sus motivaciones, intereses y objetivos.

Sin duda alguna, la capacidad de veto unionista seguirá siendo un referente utilizado por los gobiernos de Londres siempre y cuando surja el nerviosismo sobre los acontecimientos políticos en la región. Sin embargo, a pesar de la fragilidad del proceso en los últimos años, ha existido una sensación de continuidad. Está siendo cada vez más evidente que una nueva y más democrática Irlanda está construyéndose desde hace tiempo y en la que Gran Bretaña jugará cada vez un papel menos importante. La cuestión reside en hacer reconocer esta realidad a todos los principales agentes del proceso, aunque no estén de acuerdo , para adaptarse a ella con el menor daño posible.

De cualquier forma, los progresos realizados hasta el momento han sido verdaderamente importantes. Los cambios han llegado a través de un largo, complejo y a veces, tortuoso proceso. Tal vez, por encima de todo, ha consistido en la creación de las condiciones políticas que permitiesen a los partidos alcanzar un acuerdo para el futuro. Esto ha supuesto necesariamente el diálogo entre partidos políticos con un largo historial de desconfianza, e incluso odio mutuo. De cualquier forma, sin un mínimo de responsabilidad y aprendizaje de los errores del pasado, junto a la creación de una mayor confianza entre los anteriormente considerados como enemigos, el diálogo por sí mismo no hubiera sido suficiente.

Significativamente, este proceso ha supuesto el reconocimiento, aunque no haya sido de forma pública, de la responsabilidad británica de los errores del pasado en Irlanda. Ésta ha conducido a la necesaria articulación de nuevos escenarios y relaciones políticas para el futuro. Un componente toda vía más importante, ha sido la negativa del Sinn Féin a desviarse de su compromiso estratégico de creación de una nueva Irlanda unida a través de medios políticos. Existen muchos temas de importancia para el Sinn Féin, entre ellos el de los presos, la policía y el debate sobre la igualdad de derechos, pero todos ellos forman parte del eje central que supone la necesidad de una revisión constitucional y democrática en Irlanda.

El proceso de paz ha sido un camino largo y tortuoso, y todavía lejos de su final. Ha sido también lento y frustrante, suponiendo a menudo mensajes y hechos contradictorios, pero también, se ha abierto una puerta y un escenario de futuro. A pesar de los inevitables obstáculos y retrocesos que todavía habrá que superar, estos últimos acontecimientos sugieren que, con tiempo, la creación de una nueva y democrática Irlanda unida puede convertirse en una realidad.

Elkarri – revista del movimiento social por el diálogo y el acuerdo
junio 2000

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